domingo, 14 de diciembre de 2014

ELLA SE FUE

















Ella se fue dejando tras de sí mi infinita tristeza, el azote hiriente de tantas preguntas sin respuesta y el vértigo amargo de la soledad en las tardes de domingo.

Ella se fue para siempre de mi lado sin ninguna señal previa, sin dar ninguna explicación. Un día volví de mi trabajo y ya no estaba. Antes de partir había hecho desaparecer cuidadosamente todas las huellas de su paso por mi vida: Había cambiado su número de móvil, al que llamaba insistentemente sin obtener respuesta; había borrado su cuenta de Whatsapp,  a la que me hartaba de enviar mensajes apremiantes o amorosos que nunca contestó; había suprimido su perfil de facebook. Pero lo que más me dolió, todos los recuerdos de nuestra vida en común, sus preciosos retratos, las fotos que nos hicimos y los diarios que escribimos en nuestros viajes, se los llevó con ella y nunca más los volví a ver.

Ella había venido a transformar mi  vida cinco años atrás. La conocí en un curso de fotografía y desde la primera vez en que vi esa luz en su mirada –la había invitado como otras tardes a tomar un café y aquella noche acabamos de madrugada en su casa– hasta las últimas horas que pasamos juntos vivimos una historia de amor apasionado.

Éramos la típica pareja joven que todos envidian: “Qué buena pareja hacen”, decían sus amigas. Y era verdad que lo nuestro, insisto desde el primer instante hasta la última noche, fue un amor muy especial. Estoy convencido de que ella me quería con locura, tanto como yo a ella, de que era feliz a mi lado. Pero un día de verano ella se fue.

Ella se fue dejando tras de sí el dolor y  la tortura de mi soledad, nuestra casa vacía, un montón de preguntas sin respuesta y un inmenso vacío que, durante muchos años, nada ni nadie pudo llenar.

Durante meses me aferré a su recuerdo, apenas dormía, me hundí en una profunda depresión y pasaba las tardes y los fines de semana en mi casa esperando una llamada suya que nunca llegó, respirando en su almohada favorita ese aroma entrañable suyo  que poco a poco se fue desvaneciendo.

Cuando les preguntaba por ella, nuestros amigos comunes se negaban a contestarme, nada sabían de ella o nada querían saber. Además evitaban mencionarla tal vez para no hacerme sufrir.

Poco a poco aprendí a vivir en soledad, aunque su obsesivo recuerdo, en el que me recreaba con despiadado masoquismo, permanecía en mí como una cicatriz indeleble, a la vez dulce y dolorosa,  en  la piel de mi alma.

Volví a salir por las noches, a frecuentar amistades que desde tiempo atrás tenía abandonadas. Volví a fumar y a beber demasiado.

Siempre he preferido la amistad mucho más cálida y comunicativa de las mujeres a la de los hombres y, con el tiempo, empecé a intimar con algunas de ellas. Siempre fueron relaciones muy breves, casi siempre el tiempo justo para descubrir que la chica fascinante que me había deslumbrado los días anteriores en nada se parecía a ella.

Ninguna tenía su alegría, ninguna me amaba con su tierna pasión, ninguna se reía conmigo como lo hacía ella, ninguna me hacía reír, ninguna tenía ese brillo en la mirada que me había cautivado desde el momento en que años atrás la conocí.

Habían pasado dos años desde que ella me abandonó cuando decidí que nunca había existido. Tras muchas reflexiones me di cuenta que eso, sólo eso podía explicarlo todo: que no me llamara, que nadie la conociera, que no me hubiera dejado ni una miserable nota, que no quedara la menor prueba de nuestra relación. Ella era sólo un producto de mi imaginación calenturienta de irredento solitario. Eso tenía que ser.

Volví  a viajar, a recuperar mi vieja pasión trashumante.  En un viaje que hicimos juntos, confié mis temores a mi amigo Viator, que con su críptico laconismo, recuerdo que me contestó: “¿Y qué es el amor sino la más sublime encarnación de una imaginación desbordada por el deseo? Como tu imaginación es grande,  fuiste capaz de crear un gran amor. Nunca lo abandones. Rememóralo”.

Volví a escribir. Empecé a recrearme y a gozar en el recuerdo de ese sublime amor imaginado, a escribir textos y poemas relatando la magia de tantos instantes que soñaba haber vivido junto a ella. Fue por entonces cuando pedí una excedencia en mi trabajo para volcarme por completo a mis actividades. Cada paisaje, cada rincón que frecuentaba en mis viajes traían a mi imaginación, con vívido realismo,  hermosos sucesos y anécdotas que incorporar a la historia de mi amor imaginado. Así nacieron mis poemarios “Canciones del Camino”, “Las Posadas” y  “Poemas trashumantes”. Luego vinieron los reconocimientos literarios y académicos: el Adonis;  el Premio Nacional de Poesía, que rechacé en protesta por la política educativa del Gobierno; el Nadal.

Cuando mi novela “El Amor en el País de la Lluvia” quedó finalista del premio Planeta, la editorial me hizo desplazar a Madrid para participar en distintas actividades relacionadas con la promoción de la obra.

Terminaba de firmar ejemplares de mi novela en un centro comercial,  y cuando me disponía a irme escuché una voz, su voz, que me decía: “He esperado mucho tiempo para que me dedicaras una gran novela”.

Qué decir de los sentimientos que experimenté al verla de nuevo. Allí estaba ella, tan hermosa y tan real como cinco años atrás, pero con una belleza mucho más plena y madura. Llevaba el pelo corto, una media melena teñida en tonos castaños que enmarcaba el precioso óvalo de su cara y no la larga cabellera morena que aparecía en mis sueños. Pero los suyos eran los ojos verdes de Amaranta, la protagonista del País de la Lluvia, aquella mirada cautivadora que poblaba mis fantasías, que ahora me acariciaba con inmensa ternura. No pudimos contener las lágrimas y nos fundimos en un largo abrazo.

Me invitó a cenar en su casa. Vivía en un pequeño ático del barrio de las letras. Allí, sobre los anaqueles de la librería, reposaban las fotografías enmarcadas que daban cuenta de los mejores años de nuestras vidas.

Aquella noche recuperé la alegría y la memoria. Poco a poco nos fuimos contando lo que había sido de nosotros aquellos cinco largos años. Ella de mí lo sabía casi todo, bien por algunas amigas comunes, con las que se había mantenido en contacto, bien porque había seguido muy de cerca mi trayectoria literaria. Mis libros ocupaban el lugar privilegiado de su librería e incluso, me confesó, en un par de ocasiones había asistido de incógnito a la presentación de un libro y a una conferencia mía. Ella se había instalado en Madrid desde el mismo día que me dejó y allí trabajaba como fotógrafa para una agencia de prensa y daba clases en un centro de formación profesional.

Entre risas rememoramos juntos aquellos años felices de nuestra juventud compartida, las anécdotas de nuestros viajes, que hasta ayer mismo creía imaginadas, hablamos  de nuestros amigos y amigas y lo que había sido de cada uno de ellos. Y ya después de cenar, mientras tomábamos una copa sentados en su sofá, le hice la inevitable pregunta.

No puedes imaginarte cuanto me costó dejarte de esa manera y lo que sufrí al tener que hacerlo, sabiendo además  el dolor que te causaba. Pero no me quedó más remedio. Era feliz a tu lado, lo sabes, era la mujer más dichosa del mundo, vivía con un hombre maravilloso, tenía contigo todo lo que una mujer puede desear de su pareja, pero tuve que dejarte porque te quería, porque te quiero demasiado. Tú vivías para mí, volcado en mí y te habías olvidado por completo de vivir tu propia vida. Yo vivía cómodamente instalada en el amor que me dabas, en la seguridad que me transmitías y también, aunque de otra manera, me había olvidado de mí misma. ¿No te acuerdas? Entonces yo no trabajaba, había abandonado el teatro, era una fotógrafa fracasada y ni siquiera intentaba salir adelante por mis propios medios pues rehuía todo aquello que pudiera alejarme de ti. ¿Y qué decir de ti? Ya no escribías, ya no viajabas, no te relacionabas con tus amigos, sólo salíamos con los míos…

Sí, pero podíamos haberlo hablado. Tenía derecho a saber que te ibas, a tratar de cambiar las cosas –protesté.

No, si lo llegas a saber no lo hubieras permitido y yo no habría tenido valor para dejarte. Necesitábamos reconstruir nuestras vidas por separado, ¿no te das cuenta? Si hubiéramos seguido juntos pronto me hubieras odiado porque me hubieras hecho responsable de tu fracaso. Y yo a ti del mío, no lo dudes ¿Te acuerdas cómo me reía cuando ridiculizabas a tantas parejas aburridas a nuestro alrededor, cuando me hablabas del “aguachirle conyugal”, que decía Cernuda? Pues eso lo teníamos a la vuelta de la esquina, ya hasta hablábamos de tener niños, lo que nos hubiera faltado… –y se rió con esa risa suya contagiosa que siempre me ha maravillado–. No podía dejar que nos destrozáramos mutuamente y que destrozáramos nuestro amor.

–Pero abandonarme, ¿no era otra  forma de destrozar nuestro amor?

–No. Dejarte era la única forma de salvar nuestro amor. Y si el amor se salva ninguna separación es para siempre – y ella acarició mi cara y comenzó a besarme.

Pronto hará quince años desde aquel reencuentro y nunca más hemos vuelto a separarnos. Siempre hemos sabido apoyarnos y cuidarnos viviendo al mismo tiempo con total plenitud e intensidad nuestras propias vidas, tanto en lo personal como en lo profesional. Tenemos ya los dos más de cincuenta años y nuestro amor, claro está, no tiene la pasión alocada de los primeros años, pero la quiero con mucha mayor hondura y cada vez admiro más a la mujer valiente y sabia que, celosa de su libertad y respetuosa con la mía, comparte mi vida.

Llevo dos días junto a ella en Bilbao, nerviosos los dos como principiantes, acompañándola a entrevistas, ruedas de prensa, y encuentros con distintas personalidades de la cultura vasca, pues esta noche se presenta en el Guggenheim una retrospectiva de su obra. “La fotógrafa de las mujeres”, le llaman ahora los periodistas.

Esta tarde hemos podido descansar un rato en el hotel y, luego, se ha enfundado un precioso vestido de noche negro, el color que más le favorece, y ha estado largo rato maquillándose frente al espejo mientras yo le contemplaba tumbado en la cama. Al acabar sus ojos verdes me han dicho lo mucho me quiere y lo feliz que le hace haber llegado a este momento teniéndome a su lado. Mis labios le han contestado (no me beses, no me beses, que me quitas el carmín…) que cada día está más guapa.


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