lunes, 19 de septiembre de 2011

CAFÉ



Café cuando la vida se extendía ante nosotros como las páginas de un libro aún por escribir. Café cuando los versos y las lágrimas, en vértigo adolescente, caían como garras sobre el papel.

Café viajero. Café con sabor a matarratas de las antiguas cantinas de la Renfe antes de tomar, emocionados e inquietos, uno de aquellos trenes de antes, lentos y hermosos, en los veranos aventureros de los ochenta; o este café de lujo en las cafeterías limpias y eficientes de los aeropuertos, en las terrazas de Atocha,  en las modernas estaciones del Ave.

Café en los chiringuitos de las playas del norte en noches ardientes de juventud, café en refugios de montaña, en albergues de viajeros, en pensiones baratas, café en el vivac a dos mil metros de altura bajo la inmensa soledad de la fría noche estrellada.

Café en los bares de la Ciudad Universitaria, en tiempos ya lejanos de estudiantes pobres, arrastrado a hacer novillos por aquellos ojos hermosos, o en noches de estudio repasando las declinaciones griegas, desvelando la última teoría de Chomsky, la morfología del cuento o las innovaciones estéticas de los novísimos.

Café entre el brillo de los espejos de las preciosas cafeterías del centro de Zaragoza, sobre las mesas de mármol del Levante, en los antiguos Espumosos del paseo de la Independencia, en el Ángel Azul o en los sórdidos billares del Coso, ¿recuerdas?, donde supimos de un golpe de estado y tú insistías, amigo, en que como en La Colmena las mesas estaban hechas con lápidas de muerto.

Café sobre una cama de  huevos y jamón en bares de barrio de los que casi no quedan, aquellos tugurios con mobiliario de formica, fotos de equipos de fútbol en las paredes, almanaques con chicas desnudas de grandes tetas, vino peleón y abundante provisión de anchoas en salmuera y pepinillos en vinagre.

Café entrañable entre amigos en las amables  tardes de los sábados; café en tantas veladas familiares; café en los bares de los polideportivos mientras otros padres animan a sus hijos a matarse.

Café de termo en los piquetes de las huelgas generales. Café de máquina en las largas noches de los hospitales, en las horas duras del velatorio, en el comedor de empresa.

Café de cada amanecer, día a día y año a año, siempre con unas gotas de leche, sacudiéndote del cuerpo tu última somnolencia mientras en el bar de tus pecados hojeas la prensa y rumias tu ironía o tu cabreo contra la sórdida realidad que cada día impone la dura ley del poder.

Y, sobre todo, café en la pausa laboral de media mañana, a menudo el único momento de la jornada que valió la pena. Entre las tazas revolotean retazos de nuestras almas: confidencias, recuerdos, compromisos, chistes, ironías, pactos,  proyectos, conspiraciones, nostalgias, decepciones, sueños, anhelos, ilusiones, amoríos.

Desmadejadas llueven sobre la mesa perlas cultivadas de la prensa del día: un artículo que vale la pena comentar, la última ocurrencia del gobierno, la última astracanada de la oposición, la última joya literaria descubierta, la última película, la última hazaña deportiva.

Si viviéramos en la antigua Grecia, sin duda le erigiríamos templos, adoraríamos a una diosa morena, vestales y sacerdotes se consagrarían a su culto y habría una religión entera de hipertensos.

Viejo y leal compañero, antes que una inoportuna prescripción facultativa trate de apartarnos para siempre, quiero dedicarte amigo este tributo a tu alma cálida y oscura.

Café que me has acompañado a todas partes, que has animado tiempos de dicha y desdicha; café que has extendido tu mancha impertinente sobre los apuntes de clase, sobre las cartas de amor, sobre la prensa del día, sobre los informes técnicos, sobre los expedientes administrativos, sobre las sábanas del enfermo, sobre los libros queridos, sobre los documentos políticos, sobre mis últimos poemas.

Café dulce. Café amargo. Café de dulce amargura. Café de amarga dulzura.