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martes, 22 de enero de 2013

LA FONTANA DE ORO



En los sótanos de la vieja taberna resuena el eco de tus palabras, la fuerza de tu verbo ácido y certero, en la hora justa de la noche en que la nostalgia se afila y corta como un cuchillo los pliegues del alma.

Luego, entre los vasos licor, imágenes de otro tiempo han naufragado una a una en las playas de mi memoria como viejas fotos desvaídas y han sembrado de luz esta hora de sombras y de acero.

Me gusta esta taberna de conjuras libertarias. Qué mejor sitio que éste para que dos viejos conspiradores recuerden juntos aquellos sueños de juventud que un día compartieron, para reconocer otra vez uno en el otro esa antigua pasión que sigue hoy brillando en nuestros ojos como el hielo en el gin tonic.

Allí, bajo la luz de los espejos, en ese instante mágico que me traslada a otro tiempo en vertiginoso dejà vu,  he sentido una vez más y tus palabras lo han argumentado, que lo que un día fue es y será; que, a pesar de todo y de todos, nada está perdido.

jueves, 12 de julio de 2012

UN MAL SUEÑO




















No sé qué o quién me inquieta. Estoy en una ciudad pequeña que vagamente recuerdo, que me trae imágenes de tiempos muy lejanos. Vago sin rumbo por sus calles oscuras, por sus angostas aceras grises y sucias. Está anocheciendo.

Salgo a una plaza amplia y cuadrada, es la típica plaza medieval de las villas castellanas o extremeñas. Allí se presenta ante mí un espectáculo espeluznante: Un hombre está siendo desollado vivo atado a una picota; otro espera su fin arrodillado en lo alto de un patíbulo; una mujer arde en una hoguera entre terribles alaridos; a otra, completamente desnuda, la están atormentando a golpes de látigo.

Me sorprende que los verdugos son hombres correctos, parecen ejecutivos rigurosamente trajeados, llevan ternos negros, corbatas azules, camisas blancas.

Veo de repente brillar el filo de un sable en las manos de uno de los hombres de negro y la cabeza de un obrero, una cabeza grande, barbada, digna, bruñida de sol y viento, cae ensangrentada a mis pies. La cabeza lleva un casco de minero.

Los hombres de negro han reparado en mí y me persiguen ahora armados de mazas, de látigos, de cuchillos y sables. Tratan de darme alcance, pero consigo esquivarlos y escapo a todo correr por una de las calles que dan a la plaza. Pero esa calle se estrecha más y más hasta convertirse en un angosto callejón, en una siniestra gruta sin salidas, y llega un momento en que apenas puedo pasar entre las paredes que aprisionan mi cuerpo.

Es horrible el agobio, la claustrofobia, la asfixia que siento, pero al fin encuentro un estrecho portillo, lo abro y accedo a una amplia plaza cuadrada alumbrada por antorchas.  Y resulta ser la misma plaza cuadrada de antes donde los hombres de negro atormentan a sus víctimas, y al verme se lanzan de nuevo con furia hacia mí. Oigo una voz a mis pies, es la cabeza del minero que me habla: “No huyas. Haz como yo, lucha hasta la muerte”.

Los hombres de negro, sin dejar de estar trajeados con sus ternos negros, sus camisas blancas, sus corbatas azules, llevan ahora cascos de policía antidisturbios, y en formación prusiana, los de delante rodilla en tierra, disparan contra mí. Siento el impacto de los proyectiles, su aguda quemazón en mis brazos, en mis piernas, en mi pecho, en mi vientre, en mis testículos.

Me arrastro como puedo, transido de dolor, y consigo alcanzar otra calle, y ésta resulta ser aún más estrecha y agobiante que la anterior. Cuando estoy a punto de ahogarme entre sus muros, cuando ya no puedo aguantar más la angustia, consigo encontrar una salida. Y, joder, vuelve a ser la misma plaza donde vuelven a perseguirme las sombras amenazantes de los verdugos. Los hombres trajeados de negro portan ahora enormes tonfas y me cierran el paso y me rodean dispuestos a emplearse a fondo en mi castigo. Al primer golpe caigo al suelo. Me desespero y grito y despierto empapado en sudor y en lágrimas.

Menos mal, ha sido todo un mal sueño, una estúpida pesadilla. Me levanto y poco a poco me voy tranquilizando. Tomo una ducha tibia y un magnífico desayuno.  Es ya muy tarde, quizá anoche bebí más de la cuenta.

No le debo dar más importancia a este tipo de sueños tortuosos que tengo de vez en cuando, tal vez porque me tomo las cosas demasiado a pecho, porque me preocupo demasiado, porque vivo los acontecimientos de la vida con excesiva intensidad. Más me vale, desde luego, aprender a vivir las cosas con más sosiego.

Hace una mañana preciosa de verano. Ahora, tras oír las noticias y leer la prensa digital, saldré un rato a pasear en bicicleta. Menudo lujo estar de vacaciones en un día tan hermoso como éste.

Enciendo el televisor. El Presidente del Gobierno, vestido de riguroso traje negro, con camisa blanca, con corbata azul, está presentando su último paquete de reformas.

lunes, 14 de mayo de 2012

LA LUZ




















Hoy he sentido esa misma luz, aquella luz del último verano de mi infancia que hacía que todo brillara renovado y hermoso y la vida se abriera ante mí como un regalo precioso y anhelado.

Quince días de septiembre en la costa de Tarragona en un apartamento prestado decorado con motivos marineros era lo más parecido a un verano de sol y playa que mis padres en aquel tiempo podían ofrecernos.

Yo era por entonces un chaval algo taciturno y solitario que amaba el mar y aislarme en lo posible de mi numerosa tropa familiar.  Descubrí entonces la belleza y el silencio de las profundidades marinas.

Cuando toda la familia se reunía en la playa en medio de un trajín de toallas, de hamacas y sombrillas o de cubos y palas de los más pequeños, cuando se abría el festival reptiliano de pieles sonrosadas bajo el sol infernal de mediodía, cogía mis gafas, mi tubo y mis aletas de buceo y me perdía entre las rocas del litoral.

La costa catalana no estaba aún por completo arrasada. Pronto descubrí que, frente a la playa, el mar ocultaba una esplendorosa pradera verde de posidonia y que, algo más allá, a escasos metros de los acantilados, los corales, gongonias y anémonas formaban un arrecife multicolor de impresionante belleza. Poco a poco fui descubriendo y haciendo mío aquel nuevo mundo.

Aquellos veranos pasé largas horas flotando en aquellas aguas diamantinas, mirando extasiado la luminiscencia de los lábridos,  los bancos de jureles o doradas, contemplando los antias, las lubinas, los meros, los rubios, los cabrachos, los jureles, los peces escorpión; de vez en cuando, me sumergía para juguetear con una estrella de mar, perseguir un banco de peces de brillantes colores, poner en fuga a un pulpo o recoger una caracola.

Poco a poco me fui adentrando más y más, y así fue como un día descubrí que, más allá de los arrecifes, en aguas más profundas, yacía sobre el lecho arenoso un viejo barco hundido. Al principio percibí apenas la silueta negra de su cubierta, tendida ligeramente de costado a unos veinte metros de profundidad. 

El último verano en aquella playa, tenía yo catorce años, intenté una y otra vez descender hasta él, pero cualquiera que haya probado a hundir su cuerpo desnudo en el mar sabe que, como explicó Arquímedes, es una tarea imposible, más aún para un buceador poco experimentado. Aleteando con fuerza hacia el fondo conseguía descender unos metros adentrándome en aguas cada vez más oscuras y frías, pero llegaba un momento en que no podía superar el empuje de las aguas, me dolía el pecho y los oídos como si fueran a estallar, las piernas se me entumecían por el frío y el esfuerzo y el miedo se apoderaba de mí.

Llegar hasta aquel pecio se convirtió en una obsesión, en la pequeña locura de aquel joven capitán Ahab que yo entonces me creía. La figura fantasmal de aquel barco me perseguía  en mis sueños y cada mañana me despertaba sin otro afán que cumplir el anhelo de llegar hasta él. Poco a poco conseguí sumergirme más y más y llegué a acercarme a apenas unos siete metros de su superficie, a apreciar su cubierta y sus bordas, cuajadas de anémonas, su chimenea enhiesta aún junto a los restos de su alcázar, o el gran boquete que se abría en su amura de babor producto sin duda del impacto de un torpedo. Hoy sé que se trataba de uno de aquellos mercantes hundidos en aquellas costas durante la guerra civil por los submarinos alemanes cuando trataban de servir pertrechos y armas para la defensa de la República.

Descendía una y otra vez hasta que, aturdido por la hipoxia, me rendía y volvía a ascender a la superficie. Abajo me recibían las aguas heladas, la oscuridad tenebrosa del abismo marino, el misterio anhelado, el riesgo y la muerte temidos y atrayentes; arriba me acogían las aguas cálidas, la luz, el aire, la vida. Pocas sensaciones recuerdo más placenteras y hermosas que las de aquellos días cuando volvía  a abrir los ojos a la luz del sol, la piel a su calor y los pulmones al aire vivificador de la costa tras haber practicado la apnea hasta el límite.

Una tarde, mientras cogía cangrejos entre las rocas del litoral descubrí un grupo de alemanes dedicados a la pesca submarina. Justo cuando pasaba por allí salían de las aguas y, dirigiéndose por gestos a mí, me regalaron un inmenso pulpo que acababan de pescar. Me fijé en sus equipos. Tenía la solución.

A la mañana siguiente me dirigí hacia el pecio a nado empujando una pequeña colchoneta neumática. En ella llevaba un viejo macuto militar, que utilizaba para mis libros escolares, cargado de piedras; imitando a los submarinistas me proponía utilizarlo como cinturón de lastre. Además había taponado cuidadosamente mis oídos con algodones encerados. Me até fuertemente la correa a la cintura, respiré varias veces profundamente y me hundí en las aguas.

Llegué. Ya lo creo que llegué al barco hundido. Paseé por su cubierta empezando por la proa hasta llegar a su alcázar y, cuando iba a nadar hacia popa buscando el acceso a la sentina, me di cuenta de que ya no podía aguantar más la respiración y empezaba a sentir mareos. Resolví, como tenía previsto, desatar el macuto que pendía a mi cintura pero no pude deshacer el nudo. Intenté entonces ascender arrastrando esa carga pero resultaba imposible. Traté de vaciar la bolsa, pero mis dedos entumecidos por el frío y la hipoxia no acertaban a abrir las hebillas.

El pánico se apoderó de mí. Estaba ya a punto de desfallecer rendido ya a la evidencia de que aquel barco sería mi tumba y en unos instantes, como cuentan quienes han estado en parecidos trances, pasaron ante mí un buen número de imágenes de mi corta vida. Recuerdo que pensé en lo estúpidamente que moría y que sentí un infinito dolor por mi madre consciente de la angustia que sentiría cuando pasaran las horas y los días sin encontrarme. Pero afortunadamente me había fijado que los submarinistas llevaban cuchillos y yo, por pura imitación, había cogido mi navaja de campamentos que había colgado de la cadena de mi medalla. Aturdido conseguí con un último rastro de conciencia cortar la correa y abandonar el lastre que me hundía.

Apenas recuerdo lo que pasó en los siguientes minutos. Mi memoria guarda la vaga imagen de un hermoso cono luminiscente que me atraía y por el que me acabé introduciendo (¿Era el sol proyectado sobre las aguas superficiales o era otra cosa…?), la inmensa paz y la felicidad que sentía, la visión sorprendente de mi propio cuerpo flotando sobre las aguas. Supongo que ascendí, los cuerpos siempre ascienden, y que por azar, o tal vez por otra razón, quedé tumbado boca arriba sobre el mar sin que apenas entrara agua en mis pulmones y el suave oleaje, como la mano de un ángel, me fue meciendo hasta posarme en la orilla. 

Cuando recobré el conocimiento estaba de espaldas sobre una roca. Tosí durante mucho rato. Tenía la piel de todo el cuerpo azulada por la falta de oxígeno y la hipotermia y ligeros arañazos en las piernas y la espalda. Poco a poco pude incorporarme y abrir los ojos a la luz. Lo primero que vi fue unas gaviotas, de un blanco luminoso, que sobrevolaban las aguas. El mar refulgía destellos azules como nunca antes había visto. La línea costera, las playas, los roquedos, los pinares, todo brillaba al sol con un colorido resplandeciente. Era la vida que de nuevo me saludaba, me llamaba  y me acogía.

Lo mismo he sentido hoy, treinta y cinco años más tarde, cuando cruzando las puertas de salida del Centro de Salud, he visto que todo refulgía al sol de la primavera renovado y hermoso bajo una nueva luz, cuando he sabido que la vida se abre de nuevo ante mí como un regalo precioso y anhelado.

viernes, 6 de enero de 2012

SANGRE

















Trickle drops! my blue veins leaving!
O drops of me! Trickle, slow drops,
Candid from me falling, drip, bleeding drops,
From wounds made to free you whence you were prison’d.
                                                                       Walt Whitman, Calamus

¡Caed gotas! ¡Abandonad mis venas azules!
¡Oh, gotas mías! ¡Caed, lentas gotas!
Con candidez desprendeos de mí, fluid, sangrantes gotas,
De las heridas abiertas para libertaros de vuestra prisión.
Walt Whitman, Calamus


En el Centro de Donantes he rellenado el cuestionario, he pasado el control médico y me he recostado con no pocos reparos en aquel butacón rojo, presto a devorarme, que parecen los labios de Mick Jagger.

Atendido por una eficiente enfermera, enseguida he sentido el ligero escozor de la vía en la vena y el líquido oscuro ha empezado a fluir muy lentamente.

Mientras comienza a llenarse la bolsa de esa pringosa y grasienta sopa granate con la viscosidad del petróleo pienso que, entre los muchos renglones torcidos de la naturaleza, no es el menos sorprendente que sea una materia tan detestable el néctar de la vida.

Desde luego, si alguien pensó esto es un colosal ingeniero, un científico genial, un músico quizás, no un pintor ni un poeta. Por eso Dios nos necesita tanto como nosotros a Él. Si no la embellecemos con imágenes y palabras hermosas, menuda chapuza es a veces la creación.

Donar sangre no me causa mareos ni ninguna sensación desagradable.  Por el contrario, me provoca una dulce y serena somnolencia que debe ser parecida a la que habitualmente se halla a las puertas de la muerte.

Me muero un poco, sólo un poco, mientras gota a gota la bolsa se va llenando de espesa sangre del grupo A negativo, la sangre de mi padre, la sangre de mi hijo.

¿A quién irá a parar? ¿Cómo serán aquellas varias decenas de personas que van por el mundo con mi sangre en sus venas?

Recuerdo lo que me impresionó ver en las cuevas del río Vero las manos tintas de sangre de aquellos cazadores del paleolítico impresas en las paredes. Sangre de sus víctimas animales, tal vez también de sus enemigos. Todo el devenir de nuestra especie en la tierra está escrito en trazos de sangre.

Sangre que labró la historia, sangre que construyó los imperios; sangre inútilmente derramada por los parias de la tierra a través de muchas generaciones para edificar la opulencia y el poder de unos pocos.

Cada ser nace a la vida en medio de un escándalo sangriento  y cada vez que la humanidad se pone de parto, −algunos dicen que todo apunta a que pronto ha de llegar de nuevo ese terrible momento−, resuelve su gestación en una orgía de sangre.

Dicen que el principal componente de la sangre, el plasma, tiene una química muy similar  a la del agua de los océanos.

Sí, todos los hombres y las mujeres somos hijos de la mar.

Es el viento y la sal de los mares lo que fluye por nuestras venas, lo que impulsa nuestras ansias de eternidad.

De las aguas venimos y a las aguas volvemos.

Me dejo arrastrar a esta mar cálida y diamantina,
a este magma acuático del que surgió la vida.

¡Quiero nadar en las aguas del tiempo,

quiero desentrañar sus misterios,

hundirme lentamente en ellas
extasiado por la tenue luz que ilumina sus profundidades!

Me voy sumergiendo al tiempo que una extraña placidez
nubla poco a poco mis sentidos.

…………………………………………….


-          Te encuentras bien, Viator. ¡ABRE LOS OJOS, POR FAVOR!

Es la enfermera que me sacude y me mira con cara de alarma. Le dedico para tranquilizarla la mejor de mis sonrisas y le guiño un ojo a lo Humphrey Bogart.

¡Ay, tú también, hermosa sacerdotisa mal pagada que con tanto celo preservas los secretos de la Casa de la Sangre; tú también eres hija de la mar!

domingo, 13 de noviembre de 2011

TUS OJOS



Allí, al borde del insondable abismo al que te acercas, mi mirada triste y desalentada ha naufragado en el mar de tus ojos, azules y luminosos como el cielo de la sierra.

Me has pedido una vez más con la mejor de tus sonrisas que repase por ti la despensa, que el invierno viene recio y la casa debe estar abierta, caliente y generosa.

Quédate bien tranquilo que el vino está trasegado, el corral lleno de leña, la fruta almacenada y el trigo, tendrías que verlo, revienta este año las paredes del granero.

Cuando mejores un poco te subiré a la bodega; nos sentaremos al sol junto al lagar de tu padre; nos beberemos cuatro o cinco vinos y, sin que nadie se entere, te liaré un mataquintos de aquellos que te gustaban.

Entonces me hablarás una vez más de lo poco que recuerdas: de aquellos días azules, de aquel sol de la infancia, de las duras jornadas de siega, de las juergas de domingo en la bodega, de lo difícil que era sacar a bailar a las mozas del barrio alto, de ese pañuelo rojo que compraste a tu Antonina…

Y, aunque sabes que te miento, tu sonrisa se ilumina y tus ojos, esos ojos grandes y hermosos (¡Dios, qué luz la de tus ojos!) primero me acarician agradecidos y luego se pierden en su azul e infinito sosiego.

Dios mío, ¿qué vislumbra tu mirada cuando la muerte se acerca?, ¿qué ven esos ojos que a los demás se nos niega?

lunes, 19 de septiembre de 2011

CAFÉ



Café cuando la vida se extendía ante nosotros como las páginas de un libro aún por escribir. Café cuando los versos y las lágrimas, en vértigo adolescente, caían como garras sobre el papel.

Café viajero. Café con sabor a matarratas de las antiguas cantinas de la Renfe antes de tomar, emocionados e inquietos, uno de aquellos trenes de antes, lentos y hermosos, en los veranos aventureros de los ochenta; o este café de lujo en las cafeterías limpias y eficientes de los aeropuertos, en las terrazas de Atocha,  en las modernas estaciones del Ave.

Café en los chiringuitos de las playas del norte en noches ardientes de juventud, café en refugios de montaña, en albergues de viajeros, en pensiones baratas, café en el vivac a dos mil metros de altura bajo la inmensa soledad de la fría noche estrellada.

Café en los bares de la Ciudad Universitaria, en tiempos ya lejanos de estudiantes pobres, arrastrado a hacer novillos por aquellos ojos hermosos, o en noches de estudio repasando las declinaciones griegas, desvelando la última teoría de Chomsky, la morfología del cuento o las innovaciones estéticas de los novísimos.

Café entre el brillo de los espejos de las preciosas cafeterías del centro de Zaragoza, sobre las mesas de mármol del Levante, en los antiguos Espumosos del paseo de la Independencia, en el Ángel Azul o en los sórdidos billares del Coso, ¿recuerdas?, donde supimos de un golpe de estado y tú insistías, amigo, en que como en La Colmena las mesas estaban hechas con lápidas de muerto.

Café sobre una cama de  huevos y jamón en bares de barrio de los que casi no quedan, aquellos tugurios con mobiliario de formica, fotos de equipos de fútbol en las paredes, almanaques con chicas desnudas de grandes tetas, vino peleón y abundante provisión de anchoas en salmuera y pepinillos en vinagre.

Café entrañable entre amigos en las amables  tardes de los sábados; café en tantas veladas familiares; café en los bares de los polideportivos mientras otros padres animan a sus hijos a matarse.

Café de termo en los piquetes de las huelgas generales. Café de máquina en las largas noches de los hospitales, en las horas duras del velatorio, en el comedor de empresa.

Café de cada amanecer, día a día y año a año, siempre con unas gotas de leche, sacudiéndote del cuerpo tu última somnolencia mientras en el bar de tus pecados hojeas la prensa y rumias tu ironía o tu cabreo contra la sórdida realidad que cada día impone la dura ley del poder.

Y, sobre todo, café en la pausa laboral de media mañana, a menudo el único momento de la jornada que valió la pena. Entre las tazas revolotean retazos de nuestras almas: confidencias, recuerdos, compromisos, chistes, ironías, pactos,  proyectos, conspiraciones, nostalgias, decepciones, sueños, anhelos, ilusiones, amoríos.

Desmadejadas llueven sobre la mesa perlas cultivadas de la prensa del día: un artículo que vale la pena comentar, la última ocurrencia del gobierno, la última astracanada de la oposición, la última joya literaria descubierta, la última película, la última hazaña deportiva.

Si viviéramos en la antigua Grecia, sin duda le erigiríamos templos, adoraríamos a una diosa morena, vestales y sacerdotes se consagrarían a su culto y habría una religión entera de hipertensos.

Viejo y leal compañero, antes que una inoportuna prescripción facultativa trate de apartarnos para siempre, quiero dedicarte amigo este tributo a tu alma cálida y oscura.

Café que me has acompañado a todas partes, que has animado tiempos de dicha y desdicha; café que has extendido tu mancha impertinente sobre los apuntes de clase, sobre las cartas de amor, sobre la prensa del día, sobre los informes técnicos, sobre los expedientes administrativos, sobre las sábanas del enfermo, sobre los libros queridos, sobre los documentos políticos, sobre mis últimos poemas.

Café dulce. Café amargo. Café de dulce amargura. Café de amarga dulzura.

domingo, 24 de julio de 2011

CANCIÓN DE AMIGA (A mi Astra)


Hoy estoy triste, muy triste. Tras veinte años juntos mi amiga, mi amada compañera, me ha dejado para siempre.

¡Si supiérais cómo me oprime la nostalgia de tantos días felices e inolvidables que compartimos, de tantas noches ardientes de verano recostado en la calidez de su vientre bajo la luz de las estrellas!

De jóvenes formamos una pareja terrible y letal como el arma de su nombre. Siempre estuvo a mi lado, nunca me falló mi dulce amiga alemana. Juntos recorrimos viejos caminos polvorientos y modernas autopistas, hollamos todos los paisajes de Europa desde los hielos del norte a los olivares del sur.

Siempre añoraré, amiga,  tu perfil de viento, tus anchas caderas, tus curvas de plata, tu sobria belleza germana o ese ronroneo perezoso tan tuyo cada vez que te despertaba con cariño para  iniciar  un nuevo viaje.

Pero tu viejo corazón de acero no ha podido más y ha reventado dejando un reguero de aceite y gasoil sobre el asfalto ardiente del Puerto de Paniza.

Astra 1.7 TDI caravan. ¡Cómo amaba tus cuatro cilindros, tus noventa y cinco caballos, tus vidrios tintados, tu dirección asistida!.  Gracias amiga por cada uno de los trescientos mil kilómetros que me diste, por soportar con paciencia infinita mis malos tratos, gracias por aquella vez que me dormí al volante en la autovía y fuiste a posarte suavemente en la mediana.

Perdóname por haberte descuidado, por haberte dejado en manos de un mecánico desconocido y grasiento que, en un taller de Cariñena abarrotado de chatarra, te ha mirado con desprecio y con malos modos ha pronunciado la sentencia fatal. Ni siquiera he podido velarte y darte el entierro que tú te mereces. Tras recoger tus pobres despojos he cerrado tu único párpado para siempre,  y te he despedido besando la frente dura y fría de tu capot.