jueves, 14 de julio de 2011

PREPARACIÓN




La vieja brújula de latón sobre la cama, la navaja suiza, el saco, la cámara de fotos...

Has ajustado tu máquina, has revisado tus alforjas y limpiado cuidadosamente las gafas de piloto con las que dicen te das un aire a Keanu Reeves.

Mañana partes de nuevo. Un equipaje liviano: unas pocas prendas, un trozo de jabón, una toalla, el botiquín, la herramienta, alguna vianda...

Un equipaje liviano, bien lo sabes, que inútil es casi todo en el camino y cada gramo de más agarrota los gemelos y tira de ti hacia el abismo en los puertos de montaña.

Miras ahora el mapa por última vez y lo doblas cuidadosamente, con esa íntima y turbadora emoción que precede a cada viaje.

Geografía imprecisa que nada sabe del hielo en las madrugadas, del viento en los olivares, de tus largos monólogos en la soledad de la estepa, del dolor en las piernas cuando cada pedalada es un tormento, de la inquietud que sentirás al caer la noche sin haber hallado abrigo, del miedo (colmillo, acero, coche, rayo, caída...) que emboscado te espera en cualquier recodo del camino.

Vana geografía que nada sabe de la belleza del mar, de las manos protectoras de un ángel, de la entrañable charla entre amigos bajo la noche de plata…

Miras el mapa por última vez y recuerdas lo que un día te dijo un viajero: que el mapa, amigo, no es el territorio.

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